domingo, 26 de julio de 2015

Quito, Sangolqui y cómo la calidez de la gente mejora los lugares radicalmente

Un placer enorme haber pasado nuestra estadía en casa de Stefy, en Quito, y en la casa de César, en Sangolqui. Pero vamos a empezar por el principio.

Luego de la visita al volcán Quilotoa (que será tema de otra nota) y a la Comunidad que lleva el mismo nombre, llegamos a Quito, no una Ciudad que habíamos planeado de antemano (cuando mirábamos algunos destinos antes de salir de viaje, hace casi cinco meses atrás) sino que nos apareció en el mapa, como casi todos los lugares que visitamos, en medio del recorrido. Así es. Los lugares, en su mayoría, nos van apareciendo en el mapa por recomendación de otras personas, por investigación nuestra o, simplemente, por magia de arte.

Eran las siete de la tarde, o de la noche, según la visión de cada ser (en cuanto a su registro de luz me refiero) y, por lo menos el centro de Quito, comenzaba a volverse un lugar fantástico para los espectros y, ó, “aé aé” (gracias Les Luthiers por tamaña comicidad) fantasmas de la Ciudad. Llegamos a la terminal, nos tomamos el Metrobus con todos nuestros “bártulos” y fuimos, como había mencionado, hacia el centro de la Ciudad. Gracias a la ayuda de unos policías que nos orientaron, rápidamente conseguimos alojamiento. Pero sólo por una noche, ya que nos contactamos (esa misma noche) con Stefy, una compañera “rasta” que habíamos conocido en Baños de Agua Santa. Como allí nos había mencionado, nos brindó su casa. La estadía con Stefy y su familia fue emocionante. Nos trataron de manera fenomenal. Compartieron ocho días de sus vidas con nosotros. Para empezar a contar algunas cosas, la primera noche con Stefy, fuimos a la “Nina Shunku”, un Centro Cultural constituido por diferentes actores y gestores culturales multidisciplinarios de la ciudad de Quito y valles aledaños. Un espacio donde confluyen malabaristas, hip hoperos, murgueros, pintores, gente de letras y muchos artistas más. Un lugar inclusivo, donde el eje central es el arte (en todas sus concepciones). Esa noche pudimos ver un Jam de Hip Hop, y formar parte de un grupo (de uruguayos, ecuatorianos y claro, nosotros los argentinos) de murgueros, dónde el fuego acompañaba el sonido de los tambores. De allí nos fuimos junto a Stefy, Jeff y Sandrita (amigos de Stefy) hacia La Ronda, uno de los paseos más lindos de la Ciudad. Quito es un lugar histórico, también declarado Patrimonio Histórico de la Humanidad. Y sus calles, sus casas, sus iglesias y templos nos lo hacen saber con rotunda severidad. Tal es el caso, que en el Casco Histórico, los comercios tienen prohibido publicitarse por medio de marquesinas. Sus nombres están fijados con una sutileza del lugar.


   Calle La Ronda


                                                                        Plaza Santo Domingo


Stefy nos incluyó en su grupo de amigos de una manera natural. De hecho, la final de la Copa América entre Chile y Argentina, la vimos en la casa de unos uruguayos. Éramos algo así como unas quince personas. Voy a prescindir de comentarios acerca del resultado de aquel partido. Pero una vez que terminó, con Jeff y Alexis (otro de los amigos) fuimos a buscar frutas y verduras para comer a la noche. Con Alexis nos dimos a la dura pero satisfactoria tarea de conseguir estos productos sin pagar sin siquiera un centavo de dólar. Fuimos a un mercado municipal y comenzamos a pedirles, siempre con el “señor respeto” como estandarte, a los comerciantes del lugar. La mayoría nos dio, al menos, un producto! Increible! O quizá, no tanto, la gente suele ser cordial cuando se la trata con respeto. En el recorrido, nos topamos con unos chicos que estaban jugando con una pelota. La pateé!! Las ganas de jugar un partidito son insondables ya!!


                                                        Junto a Stefy y Jailuquita (su hermana)


Pudimos conocer varios museos y salas de exposición: el de la Ciudad, el Numismático, el de un viejo hospital remodelado, el Centro Cultural Metropolitano, el de La Libertad, el del Convento, el de la Casa de la Cultura y algunos más. Con Dámaris, una de las actividades que más nos atraen, es conocer museos, conventos, centros de exposición, lugares históricos, librerías y Cafés (debilidad por estos últimos). Por esto, cada vez que llegamos a un lugar, nos abocamos a la tarea de recorrer este tipo de lugares.


Tren turístico que no tomamos


Patio central del Monasterio San Francisco


Mimo en Iglesia La Compañia


                                                                Fachada del Monasterio San Francisco

También observamos la inmensa Ciudad desde “El Panecillo”, que es un cerro que se encuentra justo en el corazón de Quito. Desde su cima se puede ver casi toda la población. Es una vista sin desperdicios y uno de los lugares más visitados tanto por los turistas como por los locales. Para no dejar de lado es la vista panorámica que ofrecen las torres de la Basílica. Primero un recorrido por el interior de la misma para luego acceder (si uno lo desea) por medio de escaleras muy pequeñas y con pendientes muy pronunciadas, a las torres de la Basílica. La vista desde la cima del cerro del teleférico tampoco es para desprestigiar. La altura hace que la Ciudad se vea bastante diminuta. Algo así como una maqueta de sí misma.


Torres de la Basílica


Junto a Stefy, pero sin pies.


Otra cara de la Basílica





La virgen del Panecillo dándonos la espalda


Vista de la Ciudad desde el Panecillo



Conocimos el Palacio Presidencial en una visita guiada. Según nos contó el guía, el Presidente Rafael Correa se encontraba trabajando, posiblemente, en su despacho. La posición de los dos guardias ubicados en la puerta del mismo, daba a entender que el Presidente se encontraba en el Palacio.


                         Patio del Palacio Presidencial con 120.000 flores (en homenaje al Papa Francisco)


Los días de la visita del Papa Francisco, Quito se vio bastante convulsionada. La gente llenó todos los lugares por donde anduvo el Papa. Por el Centro Histórico era casi imposible caminar. Hacía algo así como treinta años que un Papa no visitaba Ecuador.

En cuanto a las comidas locales, probamos: Guatita (guiso de mondongo a base de pasta de maní que se suele acompañar con arroz y aguacate); Quimbolitos (pasteles elaborados con harina de maíz, mantequilla, huevo, queso, uvas pasas, cocidos al vapor envueltos en hojas de achira); Morocho (bebida preparada con leche, maíz morocho quebrado, canela, clavos de olor y azúcar); Empanadas de “viento” (masa frita que se infla y dentro contiene apenas de queso y mucho de “viento”); Encebollado (estofado de pescado que contiene yuca y cebolla colorada encurtida); Tortillas de papas (porción de puré que lo “sellan” en una especie de plancha con algo de aceite) y biscochos con queso de hoja (de Cayambe). La variedad de frutas que hay en Ecuador es considerablemente mayor que en Argentina. En los desayunos, almuerzos y meriendas (cenas para nosotros), toman jugos de frutas. Probamos la naranjilla, el taxo, la guanábana, la mora y maracuyá con alfalfa entre otros.


"En Argentina no se consiguen"


Guatita hecha por Jenny


                                                               Una verdadera delicia el Quimbolito


Luego de ocho días de vivir en la casa de Stefy, nos contactamos con César y partimos hacia Sangolqui. Primero tuvimos que llegar desde el Convento San Francisco hasta la Basílica de Quito (unas diez cuadras muy largas y en subida) caminando, cargando todos nuestros “bártulos”. Dámaris llegó con la lengua tocando el piso y yo a lo “Jorobado de Notre Dame”. Nos mudamos a Sangolqui, que es una Ciudad que se encuentra a unos 25 minutos de Quito. Es la capital del cantón Rumiñahui en la provincia de Pichincha.


                                                                Festival de colores en Sangolqui


Jenny, la esposa de César, fue quién nos recibió con un plato de Guatita para cada uno. Excepcional. La estadía con esta bella familia fue muy grata también. Amparito, la “niña con rulos”, hija de César y Jenny siempre nos mostró su lado divertido e hiperactivo. Lula, la perra mascota, nos mordisqueaba los tobillos al mejor estilo “Schiavi” (no porque haya sido jugador de Boca, claro está). Compartimos comidas (como lo hacemos en la mayoría de las casas dónde nos quedamos), paseos: fuimos a unas cascadas cercanas a la Ciudad, con César recorrimos parte de Sangolqui, nos acompañó a algunos Centros Comerciales (sí, le tenía ganas a una gorra desde Cuenca aproximadamente), a Quito varios días, en dónde nos invitó a almorzar, nosotros también lo invitamos, fuimos a museos, entre ellos el de La Libertad, que está situado en la zona de la Batalla de Pichincha, con la cual Quito logró definitivamente la independización. Visitamos la Mitad del Mundo e hicimos la clásica foto de colocar un pie en cada hemisferio (faltaba más!!). César, como el genial diseñador gráfico que es, tomó el diseño de unos cuadros, acuarelas y fotos que había hecho Dámaris y nos confeccionó una serie de cuadernos. Quedaron “un quilo y dos pancitos!!”.


César y Dámaris en una muestra en el viejo hospital de Quito


Haciendo Canoppy en las cascadas. Fly! Fly!! Fly!!!


De los carteles también se aprende


Trabajo en equipo!


Con un pie en cada hemisferio. Mitad del Mundo!


Sosteniendo un mundo



Fueron diecisiete días que pasamos entre Quito y Sangolqui y, gracias a Stefy (y su familia) y César (y su familia), esta parte de Ecuador (también) será siempre especial para nosotros. 


Así nos despedíamos de Quito!