lunes, 18 de mayo de 2015

Bienvenidos a Trujillo!

-Hola, Cervantes?
-Si…
-Habla Leo, el hincha de River!
-Ah! Llegaron a la terminal entonces!
-Sí sí, hace unos 15 minutos…
-Y en qué terminal están?
-Estamos en la terminal de…

Llegamos a Trujillo, la Ciudad de la “Eterna primavera”, y nos dio la bienvenida Abraham (o Cervantes, como nos había dicho que le gusta que lo llamen), nuestro couch que, como si fuera poco además de brindarnos su hogar, nos vino a buscar hasta la terminal de buses. Habíamos viajado toda la noche, unas nueve horas desde Lima. En Lima solo estuvimos una tarde, fue nuestro nexo entre Paracas y Trujillo.
Cervantes nos llevó hacia su casa, que está ubicada a unas pocas cuadras del centro, y muchísimos negocios y puestos que inundan las calles (y las hacen casi peatonales) visten sus alrededores. Venir desde Paracas, una pequeña ciudad costera con un silencio fantasmal y llegar a una zona de negocios y puestos callejeros de lo que a uno se le ocurra es como pasar de escuchar “Noctiluca” de Jorge Drexler a ver un film de Danny Boyle.


                                                    Comercios, puestos en la calle y gente comprando


Conocimos a María (mamá de Cervantes), el pequeño Lucio (sobrino y enciclopedia viviente del fútbol mundial), Teresa y Carlos (hermanos) y Paco (perro de la familia, hijo de María). En cuanto la antena detectora de amantes del fútbol de Lucio captó una onda expansiva que venía de mi parte, nos contó, nos relató y nos informó sobre sus conocimientos acerca del deporte más amado y odiado del planeta. Nos mostró su habitación repleta de posters de jugadores y equipos de fútbol. Lucio es arquero y uno de sus sueños, claro está, es ser arquero profesional. Fanático del equipo de su ciudad, el César Vallejo (último campeón del Torneo Inca de Perú). En contraposición a mí, no le agrada el estilo de juego de Messi. Lucio, aparte de contarnos sobre los equipos de fútbol, nos daba unos abrazos que llegaban hasta el alma. Paco es un perro peruano fiel a María, su dueña y madre. No acepta que nadie se le acerque. Lo toma como una injuria, una ofensa, un verdadero agravio. Aunque la última noche, cuando estábamos volviendo a la casa, nos vio en la calle y nos vino a saltar. Entendimos que, al fin y al cabo, nos había aceptado.

Por recomendación de Lucio, María, Teresa y Cervantes, fuimos a conocer las ruinas de Chan Chan que, antiguamente, fue la capital del Reino Chimú. La extensión original fue de más de 20 Km2; actualmente cubre solo 14 Km2, siendo considerada como “La Ciudad de barro más grande del mundo”. La forma de las ruinas refleja que existió una fuerte estratificación, con clases sociales distintas ocupando diferentes áreas y edificios propios a su condición económica. Las ciudadelas, por ejemplo, están protegidas por altas murallas y tienen un solo acceso, facilitando el control de los que ingresaban y salían. En noviembre de 1986, la UNESCO declaró a Chan Chan como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Cuando llegamos a las ruinas, nos quisieron vender un mini tour. No accedimos. Tampoco accedimos al precio que nos manifestó el guía (40 soles). Optamos por el plan B: recorrer las ruinas nosotros solos e ir escuchando información que algunos guías les iban contando a grupos de turistas. Nos sirvió.
Aunque ese día el sol estaba intratable, luego de recorrer las ruinas fuimos hacia el museo, que está ubicado aproximadamente a un kilómetro y medio de Chan Chan. Nos acompañaron, nuestras aliadas, las mandarinas. A esta altura ya somos defensores fundamentalistas de esta provocativa fruta.


                                                                               Ruinas de Chan Chan


Otro de los lugares que elegimos conocer de Trujillo fue Huaca de la Luna. Como a la mayoría de los lugares, optamos por ir en transporte público, junto con la gente local. Una señora de unos 65 años no paraba de sonreírnos. Sonrisa que se recibe, sonrisa que se devuelve. La combi-colectivo nos dejó a no más de dos cuadras de este espectacular templo ceremonial de la cultura Moche. El templo Huaca de la Luna, no estuvo dedicado a este astro (como lo habían determinado los conquistadores españoles), sino al dios de las montañas: Aiapaec. Los antiguos peruanos relacionaban a objetos de la naturaleza (como cerros, piedras o ríos) como poseedores de voluntad divina. Los cerros eran los proveedores del agua, muy necesaria para la agricultura. El Cerro Blanco, sobre cuya falda esta Huaca de la Luna, era la montaña sagrada de los moches.


                                            Ahí? Sí, ahí mismo hacían los sacrificios en Huaca de la Luna!


                                           Créase o no, en las combi-colectivo hay gente que viaja parada!



En los días que estuvimos con Cervantes, compartimos muchas cosas: cine argentino, francés y español, información y modismos argentinos y peruanos, algunas cervezas, caminatas por la Ciudad y también una inesperada y gloriosa tarde de poesías. Una de las noches, Dámaris cocinó unos espaguetis con una tremenda salsa bolognesa, no quedó casi nada. Antes de irnos, les escribimos algunos recuerdos en un cuaderno de Lucio. Una de las notas que puso Dámaris fue: “Después de casi dos meses de viaje, volvimos a sentir la calidez de una familia y un hogar”. 


                                                      Nuestros amigos de Trujillo: Lucio y Cervantes!





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